Lee este relato hasta el final, saca tus propias conclusiones y compártelas en los comentarios para seguir aprendiendo juntos.
El cuento que
presentamos a continuación forma parte de una antigua tradición oral recopilada
hace muchos años, llena de relatos sencillos que dejan profundas enseñanzas,
especialmente para niños y jóvenes, y que nos transportan a épocas lejanas y
territorios olvidados.
En una época
remota, cuando los caminos eran de piedra y las aldeas dependían del favor de
los señores del territorio, vivía un artesano conocido por su rectitud y su
palabra firme. Era constructor de campanas, y su taller se levantaba a las
afueras del poblado, rodeado de colinas y molinos de viento.
Sus campanas no
eran comunes: cuando el sol las tocaba, reflejaban un brillo suave, como si
guardaran luz en su interior. Por eso eran apreciadas en mercados lejanos y
templos importantes.
Deseoso de
mantener una relación armoniosa con el gobernante del lugar, el artesano
decidió enviar una de sus mejores campanas como señal de respeto y gratitud.
Para ello, confió la tarea a sus hijos.
EL HIJO MAYOR Y
LA VOZ PERDIDA
El artesano tenía
tres hijos. Llamó primero al mayor y le entregó la campana cuidadosamente
envuelta, diciéndole:
—Llévala y entrégala
al señor gobernante con humildad, saluda a todas las personas que encuentres en
el camino y cuida tus palabras.
El joven partió
con paso seguro con la valiosa campana cargada a cuestas, pero al atravesar un
sendero estrecho encontró a un anciano encorvado junto a un puente de madera.
—Buen día,
muchacho —saludó el viejo—. ¿Qué llevas ahí con tanto cuidado?
El joven, sin
detenerse, respondió con desdén:
—Hierro viejo.
El anciano sonrió
con tristeza y murmuró:
—Las palabras
también pesan.
EL SALÓN DEL GOBERNANTE
Cuando el joven
llegó al castillo y presentó su carga, el gobernante ordenó descubrirla. Para
sorpresa de todos, la campana estaba resquebrajada, oxidada, opaca y sin
sonido.
—¿Crees que
puedes burlarte de mí? —dijo con severidad el gobernante—.
Ordeno furioso a
los guardias que lo pusieran prisionero. El joven fue apartado y recluido en
una prisión por su falta de respeto.
Los días pasaron,
y en el taller nadie tuvo noticias suyas.
EL SEGUNDO HIJO Y
LA BURLA
Preocupado, el
padre preparó otra campana y llamó al segundo hijo.
—Hazlo mejor que
tu hermano —le dijo—. Lleva esta campana y entrégala al señor gobernante con
humildad, saluda a todas las personas que encuentres en el camino y Sé correcto
y prudente.
El muchacho
partió con la valiosa campana cantando, pero al cruzar el mismo puente encontró
al anciano.
—¿Qué llevas ahí?
—preguntó el viejo.
—Algo que no vale
nada —respondió con ironía el muchacho.
El anciano negó
con la cabeza y agrego así será.
Al llegar al
castillo y entrar al despacho del señor gobernante entrego el obsequio, pero la
campana no emitió sonido alguno ni dio nada de luz. El gobernante, indignado dijo
es que a estos muchachos me les convertí en una burla, ordenó que el segundo muchacho
acompañara al primero en la prisión.
SILENCIO EN EL TALLER
En el taller, el
artesano lloraba en silencio al ver pasar los días sin noticias. Temiendo
perderlo todo, decidió confiar la última campana al hijo menor, el más
reservado y atento.
—No olvides quién
eres —le dijo—. Llévala y entrégala con humildad, saluda a todas las personas
que encuentres en el camino y recuerda que las palabras abren o cierran
caminos.
El joven pidió la
bendición de su padre y partió con el corazón apesadumbrado.
EL ENCUENTRO DECISIVO
Al llegar al
puente, el joven se detuvo ante el anciano.
—Buenos días,
señor. Espero que tenga una jornada tranquila.
—Buenos días,
muchacho —respondió el viejo—. ¿Qué llevas contigo?
—Una campana
hecha con paciencia y respeto —contestó—. Destinada a alguien que gobierna.
El anciano sonrió
ampliamente y dijo para sí que muchacho tan decente.
—Que tu voz
siempre sea clara —le dijo—. Sigue tu camino buen muchacho.
EL SONIDO QUE
ABRIÓ PUERTAS
Cuando el joven
llegó al castillo, los guardias dudaron y no querían dejar entrar por lo acontecido
con los otros dos muchachos es decir sus hermanos, pero insistió en hablar con
el gobernante al fin lo dejaron entrar. Entro al a la oficina del gobernante
saludo respetuosamente e hizo una venia y dijo mi padre le envía este presente
respetuosamente y al descubrir la campana, esta emitió una luz que alumbro todo
el lugar y un sonido puro y profundo que llenó el salón.
El gobernante
quedó maravillado.
—Este obsequio de
tu padre honra tanto como tu manera de hablar —dijo—. ¿Qué deseas a cambio?
—Solo pido la
libertad de mis hermanos —respondió el joven—. Mi padre no para de llorar y está
muy triste los espera con el corazón cansado.
El gobernante
aceptó y, además, entregó al joven una bolsa con monedas y objetos valiosos, enviándole
una invitación al padre a visitarlo.
REGRESO Y APRENDIZAJE
Los tres hermanos
regresaron juntos. Desde entonces, comprendieron que no es el objeto lo que
transforma el destino, sino la actitud con la que se entrega.
Y así, el taller
volvió a llenarse de sonidos claros y palabras sinceras.
Colorín colorado,
este cuento ha terminado.
ENSEÑANZA
Aprender a hablar
con respeto, decir la verdad y tratar a todos con dignidad nos libera de cargas
innecesarias.
Ser amables no
cuesta nada, y como decía mi padre:
“La palabra justa
es la llave que abre los caminos cerrados.”
Si te gustó este
relato, lee también El Muchacho y el Viento o Catalina la Gallina Roja.
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Déjame un
comentario al final ❤️
Soy Néstor Yaya,
y esta es una historia que, aunque nueva, guarda el espíritu de las enseñanzas
de mi infancia.
Las Campanas de
Luz
Néstor Yaya
Garzón
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