9.2.26

LAS CAMPANAS DE LUZ, Una fábula infantil sobre la palabra justa y el valor del respeto.

 Lee este relato hasta el final, saca tus propias conclusiones y compártelas en los comentarios para seguir aprendiendo juntos.

El cuento que presentamos a continuación forma parte de una antigua tradición oral recopilada hace muchos años, llena de relatos sencillos que dejan profundas enseñanzas, especialmente para niños y jóvenes, y que nos transportan a épocas lejanas y territorios olvidados.

LAS CAMPANAS DE LUZ

En una época remota, cuando los caminos eran de piedra y las aldeas dependían del favor de los señores del territorio, vivía un artesano conocido por su rectitud y su palabra firme. Era constructor de campanas, y su taller se levantaba a las afueras del poblado, rodeado de colinas y molinos de viento.

 

Sus campanas no eran comunes: cuando el sol las tocaba, reflejaban un brillo suave, como si guardaran luz en su interior. Por eso eran apreciadas en mercados lejanos y templos importantes.

 

Deseoso de mantener una relación armoniosa con el gobernante del lugar, el artesano decidió enviar una de sus mejores campanas como señal de respeto y gratitud. Para ello, confió la tarea a sus hijos.

 

EL HIJO MAYOR Y LA VOZ PERDIDA

 

El artesano tenía tres hijos. Llamó primero al mayor y le entregó la campana cuidadosamente envuelta, diciéndole:

—Llévala y entrégala al señor gobernante con humildad, saluda a todas las personas que encuentres en el camino y cuida tus palabras.

 

El joven partió con paso seguro con la valiosa campana cargada a cuestas, pero al atravesar un sendero estrecho encontró a un anciano encorvado junto a un puente de madera.

—Buen día, muchacho —saludó el viejo—. ¿Qué llevas ahí con tanto cuidado?

 

El joven, sin detenerse, respondió con desdén:

—Hierro viejo.

 

El anciano sonrió con tristeza y murmuró:

—Las palabras también pesan.

 

EL SALÓN DEL GOBERNANTE

 

Cuando el joven llegó al castillo y presentó su carga, el gobernante ordenó descubrirla. Para sorpresa de todos, la campana estaba resquebrajada, oxidada, opaca y sin sonido.

 

—¿Crees que puedes burlarte de mí? —dijo con severidad el gobernante—.

Ordeno furioso a los guardias que lo pusieran prisionero. El joven fue apartado y recluido en una prisión por su falta de respeto.

 

Los días pasaron, y en el taller nadie tuvo noticias suyas.

 

EL SEGUNDO HIJO Y LA BURLA

 

Preocupado, el padre preparó otra campana y llamó al segundo hijo.

—Hazlo mejor que tu hermano —le dijo—. Lleva esta campana y entrégala al señor gobernante con humildad, saluda a todas las personas que encuentres en el camino y Sé correcto y prudente.

 

El muchacho partió con la valiosa campana cantando, pero al cruzar el mismo puente encontró al anciano.

—¿Qué llevas ahí? —preguntó el viejo.

 

—Algo que no vale nada —respondió con ironía el muchacho.

 

El anciano negó con la cabeza y agrego así será.

 

Al llegar al castillo y entrar al despacho del señor gobernante entrego el obsequio, pero la campana no emitió sonido alguno ni dio nada de luz. El gobernante, indignado dijo es que a estos muchachos me les convertí en una burla, ordenó que el segundo muchacho acompañara al primero en la prisión.

 

SILENCIO EN EL TALLER

 

En el taller, el artesano lloraba en silencio al ver pasar los días sin noticias. Temiendo perderlo todo, decidió confiar la última campana al hijo menor, el más reservado y atento.

 

—No olvides quién eres —le dijo—. Llévala y entrégala con humildad, saluda a todas las personas que encuentres en el camino y recuerda que las palabras abren o cierran caminos.

 

El joven pidió la bendición de su padre y partió con el corazón apesadumbrado.

 

EL ENCUENTRO DECISIVO

 

Al llegar al puente, el joven se detuvo ante el anciano.

—Buenos días, señor. Espero que tenga una jornada tranquila.

 

—Buenos días, muchacho —respondió el viejo—. ¿Qué llevas contigo?

 

—Una campana hecha con paciencia y respeto —contestó—. Destinada a alguien que gobierna.

 

El anciano sonrió ampliamente y dijo para sí que muchacho tan decente.

—Que tu voz siempre sea clara —le dijo—. Sigue tu camino buen muchacho.

 

EL SONIDO QUE ABRIÓ PUERTAS

 

Cuando el joven llegó al castillo, los guardias dudaron y no querían dejar entrar por lo acontecido con los otros dos muchachos es decir sus hermanos, pero insistió en hablar con el gobernante al fin lo dejaron entrar. Entro al a la oficina del gobernante saludo respetuosamente e hizo una venia y dijo mi padre le envía este presente respetuosamente y al descubrir la campana, esta emitió una luz que alumbro todo el lugar y un sonido puro y profundo que llenó el salón.

 

El gobernante quedó maravillado.

—Este obsequio de tu padre honra tanto como tu manera de hablar —dijo—. ¿Qué deseas a cambio?

 

—Solo pido la libertad de mis hermanos —respondió el joven—. Mi padre no para de llorar y está muy triste los espera con el corazón cansado.

 

El gobernante aceptó y, además, entregó al joven una bolsa con monedas y objetos valiosos, enviándole una invitación al padre a visitarlo.

 

REGRESO Y APRENDIZAJE

 

Los tres hermanos regresaron juntos. Desde entonces, comprendieron que no es el objeto lo que transforma el destino, sino la actitud con la que se entrega.

 

Y así, el taller volvió a llenarse de sonidos claros y palabras sinceras.

 

Colorín colorado, este cuento ha terminado.

 

ENSEÑANZA

 

Aprender a hablar con respeto, decir la verdad y tratar a todos con dignidad nos libera de cargas innecesarias.

Ser amables no cuesta nada, y como decía mi padre:

“La palabra justa es la llave que abre los caminos cerrados.”

 

Si te gustó este relato, lee también El Muchacho y el Viento o Catalina la Gallina Roja.

Compártelo en redes sociales y cuéntales a todos que lo descubriste tú.

Déjame un comentario al final

 

Soy Néstor Yaya, y esta es una historia que, aunque nueva, guarda el espíritu de las enseñanzas de mi infancia.

 

Las Campanas de Luz

NELSON YAYA

Néstor Yaya Garzón

Nestoryayagarzon.com

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